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Cuando era niño nunca voló porque sus papás no tenían en qué, ni cómo, ni con qué hacerlo. Pero cuando se convirtió en mi camarógrafo lo tuve que mandar a volar mucho para seguir la gira de trabajo de una candidata. Fueron como 84 vuelos y en todos, toditos, antes de abordar, durante el despegue y en toda la travesía: sudaba, apretaba los ojos, tronaba sus dedos, mordía sus uñas, revisaba 14 veces la tarjeta de procedimientos en caso de emergencia, aflojaba y estiraba su cinturón (se cagaba de miedo).

Hugo confesó un día que sus más reconfortantes viajes eran en autobús, aunque fueran guajoloteros o chimecos, pero siempre con las ruedas en la tierra. Y mejor la pasaba si traía un globo de feria en la mano, de esos de helio que ya casi no hay sino en época de reyes magos.

Otro día quise romperle el esquema y lo invité a volar en primera, primerísima clase. El experimento costó un dineral, pero Hugo seguía cagándose de miedo. Incómodo todo el viaje, compungido y apenado. Pinche Hugo.

En un airbus A307 le di Tafil y no la libró. En un superjet le di Rivotril, y no se calmó. En un airbus 737 le di Dramamine y se apanicó antes de dormirse; despertó con pesadillas antes de aterrizar. Incluso, en una avioneta, le di un madrazo cuando me pellizcó al borde de un ataque por la turbulencia.

No sé. Temo que los Hugos no saben volar.

Lo único que calma a Hugo, casi siempre, es que vuele con nosotros alguna nalgona o si una ‘aerohermosa’ lo atiende de cerca, muy cerquitas. Pinche Hugo.

Cuando el megáfono dicta el inicio del abordaje, Hugo tiembla y es de los primeros que se para a hacer la fila. Es extraño. Pero no es de los primeros que se quita el cinturón y se levanta de su asiento cuando el avión aterrizó. Es rarito.

En un llamado en Palenque, Hugo prefería tomar un viaje por tierra que duraría 13 horas y no le dejaría dormir para llegar a la siguiente locación. Hugo es peculiar.

Un iPod, un iPod nuevecito le regalé a Hugo, con 393 canciones de relajación, 13 mantras yogui, 22 speech sobre paz y unas rolas de Banda Machos, a quienes Hugo venera, y nada…no funcionó. Volaba tenso. Hugo es maniático.

El Smart and Sassy, aceite contra ansiedad y estrés que mi novia me recetó, se acabó porque en la última gira le di a Hugo casi todo el frasco, un fracaso.

Renunció Hugo.
Se retiró a Pachuca.
Puso su negocio de globos aerostáticos y él pilotea el más grande, el que tiene forma de avión. Hugo es excepcional.

*Las opiniones vertidas en la sección de Opinión son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista de Gluc.