Twitter: @AleJuarezA

Como parte de mi posgrado estoy haciendo una estancia de investigación en España. Nunca había viajado a Europa y ha sido una experiencia de lo más variada, pero quiero detenerme en un evento en particular.

Iba caminando por la Universidad Complutense de Madrid y un chico de aproximadamente 22 años pasó junto a mí y me llamó «Ilegal». Fue sorpresivo para mí. Con algo de enojo murmuré entre dientes «no soy ilegal». Pasado un rato, me detuve a reflexionar lo que había ocurrido.

Las personas con las que alquilo ya me habían dicho que había racismo en España, pero siendo honestos, nunca esperé que me pasara algo así. Por mi color de piel, morena clara, me vincularon a un grupo.

Esto me llevó a recordar todas las veces que, estando en México, he ejercido prejuicios o yo mismo he sido blanco de prejuicios.

Alguna vez tuve una pareja a la que a su madre le caía muy mal. Un día, mientras la esperaba, escuché que ella le dijo «Es hijo de padres separados. Desde ahí está mal. ¿Qué puede ofrecer?». A los ojos de aquella señora, por la separación de mis padres, yo ya no tenía valor.

Cuando servía en Marina era dueño de un bonito auto del año y vestía de traje, pero cuando salí de ahí y me fui a trabajar a un pequeño negocio, empecé a manejar una pequeña camioneta de carga e iba vestido de camiseta y mezclilla. Es tan diferente cómo te miran las personas cuando vas en un auto bonito y vistes de traje a cuando te ven como cargador, chofer y repartidor. Te avientan sus autos, se te cierran y en sus rostros se ve que, en su consideración (prejuicio), eres alguien que no merece cortesías, por decir lo menos.

Pero los prejuicios no son exclusivos de un nivel socioeconómico o grado de estudios. Otro tipo de prejuicio me sucedió con algunas personas en la academia. Me llegaron a decir:

“No sé qué haces aquí (en el CIDE) si eres militar”. En otra ocasión dijeron “los militares no piensan”.

Aquí sólo expongo algunas experiencias que he tenido y que no son ni remotamente lo dolorosas, humillantes y criminales que pueden ser otras. Sé bien que el que me hayan llamado «ilegal» es ínfimo y minúsculo en comparación a lo que sufren y padecen personas migrantes que viajan sin documentos.

Pero ¿cómo se puede aprovechar todo esto?, ¿de qué sirven estas experiencias si no les saca algo bueno para que se eviten?

La pregunta necesaria (e incómoda) es, ¿cuándo hemos ejercido prejuicios?, ¿hemos discriminado a alguien por su color de piel, su preferencia sexual, su forma de vestir o alguna otra causa? Pienso que no habrá alguien que pueda decir «nunca lo he hecho».

La reflexión está dirigida a observar y ser críticos con nuestro actuar diario e individual.

Como seres sociales convivimos todos los días con personas diferentes y es, desde nuestra propia forma de conducirnos hacia esas diferencias, como podemos fomentar actitudes vergonzosas e irracionales, como las que acabo de describir o, por el contrario, hacerles frente y disminuir sus perjudiciales consecuencias.

No creo en la utopía de que los prejuicios se puedan erradicar del todo, pero sí creo que nuestro actuar más reflexivo y respetuoso puede ayudar a armonizar nuestra convivencia.

Ante un escenario cada vez más polarizado y en el que es evidente que no podemos esperar mucho de la mayoría de las instituciones gubernamentales y sus funcionarios, es preciso que como ciudadanía adquiramos, por nosotros mismos, el compromiso de ser mejores para el país.

#MejorCiudadanía

#SolucionesDeRaíz